Los peligros del autoconocimiento | Katia Rosenbaum
Identidad

Los peligros del autoconocimiento

Conocerte es una verdad incompleta si crees que lo que descubres es definitivo. Tu identidad está viva.

8 min de lectura·Por Katia Rosenbaum·Actualizado en agosto de 2026·Psicóloga · MSc en Neuropsicología (UCL)

El autoconocimiento es una palabra más peligrosa de lo que imaginas. Y la psicología ha hecho mucho daño poniendo tanto empeño en la tarea de conocerse a una misma sin alertar de sus riesgos.

Subrayamos la importancia de conocerse, entenderse, autodescubrirse… sin explicar exactamente cómo funciona esto.

A ver: las etiquetas con las que eliges identificarte no son ni estáticas ni permanentes. Tu vida es orgánica. Tu vida está viva. Y cualquier etiqueta que te frene a ir hacia donde te gustaría es una etiqueta que, como mínimo, deberías cuestionarte.

Hoy quiero hablarte de la construcción del ser dentro del sistema patriarcal y de cómo la psicología narrativa puede explicar gran parte de este proceso. Para eso, pensemos en el concepto de identidad.

La identidad como una huella

Me gusta pensarla como una huella. Imagina que pudieras ver, en tu cerebro, la huella fruto de todas tus interacciones y de tu historia particular; que todo lo que produjo un impacto en tu sistema nervioso sigue ahí.

Cada momento único de tu vida ha ido modelando la forma de esa huella, que es única y distinta a la de cualquier otra persona en el mundo. Nunca ha existido absolutamente nadie exactamente igual a ti.

Y hay algo importante que explicar: en el cerebro no existe un sistema del olvido. Una no puede darle a borrar al material de la vida; en alguna parte queda.

Ahora bien, imaginar la identidad como una huella es muy acertado siempre que se entienda que esa huella es orgánica y está en permanente cambio. Y por permanente quiero decir exactamente eso: permanente.

Digamos que la persona que empezó a leer este artículo ya es distinta de la que está leyendo esta línea ahora mismo. Y solo pasaron unos minutos. Pero ahora sabes cosas que antes no sabías, y esas reflexiones han remodelado tu huella, aunque sea un poquito.

Esto no quiere decir que seas otra persona, pero con cada pequeña interacción eres un poco más de esto y un poco menos de aquello. Cada cosa que te ocurre te vuelve más única, porque la combinación exacta de todo lo que te pasó se hace cada vez más particular.

Dónde está el peligro

El problema es que la idea de autoconocimiento a veces sugiere una identidad estática.

Pienso que muchos cursos y ciertas aproximaciones psicoterapéuticas hacen exactamente eso: te determinan, te condicionan, dejando fuera la idea de la identidad en cambio permanente. Eso es peligroso.

No es que conocerte sea mala idea: es todo lo contrario. Solo que es una verdad incompleta si no sostienes al mismo tiempo la idea de identidad como concepto orgánico.

Podrías decirme: «es que es verdad, somos una serie de cosas y no de otras; yo soy nutricionista y no corredora de maratones». Pero cuando hablo de peligro, hablo del riesgo de pegarse en extremo a estas narrativas, a estas etiquetas que terminan convirtiéndose en nosotras mismas.

Y algunas etiquetas son más peligrosas que otras. Si digo que tengo poca fuerza de voluntad, que me disperso mucho o que tengo una personalidad adictiva, me predispongo a que esas narrativas se conviertan en tendencias sólidas, e incluso en excusas que terminamos creyendo ciertas.

La identidad es un constructo social

No llegamos a desarrollar el concepto de quiénes somos metidas en una burbuja: vamos armando estas narrativas dentro de un contexto social, en interacción con otros y con el sistema.

Cuando digo que tu identidad está construida por narrativas, hablo de que integramos historias que escuchamos en el sistema dentro de nuestra propia idea de nosotras mismas. La ficción que consumes, las historias de tu familia o las cosas que te han pasado terminan conformando la idea que sostienes de lo que eres.

Un ejemplo: si toda la literatura que leo es inglesa de los siglos XVIII y XIX, y no tengo acceso a literatura contemporánea, puedes imaginar que mi idea sobre lo que significa “ser mujer” será muy distinta.

Por otro lado, la forma en que me cuento —a mí misma y a los demás— quién soy también es una narrativa: elijo determinados hitos que en conjunto orientan la percepción sobre quién soy. Y esos hitos son arbitrarios: responden a decisiones, conscientes o inconscientes, pero no hay ninguna regla que diga cuáles elegir.

Yo puedo contarte que fui a un colegio bilingüe, que hice un intercambio durante la carrera y que al terminar me vine a Europa a hacer dos másteres: la narrativa de mujer intelectual y aplicada queda reforzada. O podría elegir otros hitos y contar una historia bien distinta: que me costaba sostener amistades en la adolescencia, que cambié de rumbo varias veces, que me equivoqué en decisiones importantes.

Son dos imágenes muy diferentes. Ambas podrían ser compatibles y verdaderas, pero una puede estar más presente que la otra y por eso afectan de forma distinta a cómo nos vemos.

Ponerte etiquetas como si fueran post-its constriñe tu universo de posibilidades.

Lo que crees que puedes alcanzar está determinado, en gran parte, por las etiquetas con las que te defines, porque se basan en la idea de lo que ya eres, del sitio del que partes. Nunca se me ocurriría ser astronauta: no está en mi universo de posibilidades porque queda demasiado lejos de donde estoy ahora.

Antes de seguir

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Las etiquetas recortan tu universo de posibilidades Un campo amplio de posibilidades del que las etiquetas con las que te defines solo dejan accesible una porción pequeña. TU UNIVERSO DE POSIBILIDADES LO QUE CREO QUE SOY Lo que crees que puedes alcanzar parte de la idea de lo que ya eres. Las etiquetas recortan tu universo de posibilidades Un campo amplio de posibilidades del que las etiquetas con las que te defines solo dejan accesible una porción pequeña. TU UNIVERSO DE POSIBILIDADES LO QUE CREO QUE SOY Lo que crees que puedes alcanzar parte de la idea de lo que ya eres.
Las etiquetas no describen tu campo de acción: lo recortan. Y lo hacen sin que te des cuenta.

¿Y si sumamos la mirada de género?

Ahora que entendemos que la identidad es un constructo social, configurado por narrativas y que funciona como una huella orgánica, quiero preguntarte: ¿qué sucede cuando una mujer construye su universo de posibilidades —quién cree que puede ser, basándose en quién cree que ya es— dentro de un sistema patriarcal?

Cuando desde pequeña te dijeron lo que se espera de ti por ser mujer, y lo que no está reservado para las mujeres, más allá de las excepciones: esas cosas que consiguen ciertas mujeres, tradicionalmente masculinas, que nos recuerdan que son mujeres excepcionales, que no son “como las demás”.

Pensemos otra vez en la ficción: los roles de género que aprendemos se convierten en historias que nos contamos sobre lo que podemos y no podemos ser.

Lo que hace la socialización de género —la manera diferencial en que hombres y mujeres somos educados— es imponer expectativas: que seas agradable, que no hagas mucho ruido, que resultes vistosa, que sostengas los vínculos, que cumplas con tu supuesto destino biológico. Y muchas cosas más.

¿Y de verdad crees que esto ha cambiado tanto? Realmente pienso que no: el componente cultural de una decisión individual es ineludible.

No creas que tomamos decisiones fuera de una burbuja. Las decisiones siempre se toman dentro de una cultura de la que somos parte, en la que crecimos y según la forma en que fuimos socializadas. Y esa forma impone prescripciones de conducta: qué tienes y qué no tienes que hacer, qué puedes y qué no puedes hacer.

Y lo que haces, lo que repites una y otra vez, se convierte en lo que eres; y de ahí surge también lo que puedes llegar a ser. Yo soy meditadora porque medito cada día, y esa idea que tengo de mí influye en quién puedo llegar a ser.

El miedo es lo contrario a la posibilidad, lo contrario a la libertad. Y sin libertad no hay posibilidad.

Quien no tiene poder tiene miedo. Y quienes no tenemos poder en un sistema patriarcal somos las mujeres: nos acumulamos en los tramos bajos y medios de casi todas las profesiones cualificadas y de los estratos de poder.

Las que llegan a los tramos altos lo hacen a través de una dinámica de excepciones. Y también eso se convierte en una narrativa: las mujeres llegan solo hasta ciertos puestos, y lo asumimos como parte natural del sistema. Eso se convierte en nuestro rango de posibilidad, y encaja con el resto de narrativas porque todas parten de la misma socialización.

¿Y qué puedo hacer yo con todo esto?

Dijimos que la identidad se construye socialmente y que el concepto de autoconocerse trae riesgos, porque te hace creer que una vez vistas las etiquetas con las que te reconoces diste con algo definitivo. Eso es mentira. Y además es peligroso, porque constriñe tu posibilidad.

Pero quiero terminar con algo práctico. Puedes empezar por investigar cuáles son las historias que te componen, qué etiquetas rigen tu conducta e impactan en la persona que crees que eres.

  • ¿Crees que no se te da bien liderar, o que no eres buena en lo que haces, por haber hecho una cosa o no haber hecho otra?
  • ¿De dónde vienen esas etiquetas? ¿De qué historias surgieron, quién te las nombró, dónde encontraste las pruebas?
  • ¿Qué tienen que ver con la manera en que fuiste socializada como mujer?
  • ¿Qué pasaría si por un momento te alejaras de esas etiquetas y actuaras conforme a la contraria? ¿Si pudieras crear una nueva narrativa?

Lo importante de estas narrativas no es que sean buenas o malas, verdaderas o falsas: lo importante es que sean útiles.

Por eso te invito a revisar todas las historias que te cuentas, recordando que se generaron dentro de un sistema patriarcal —y aunque solo fuera por eso, ya vale la pena revisarlas—.

Y lo mejor: no te aferres con demasiada fuerza a ninguna de estas ideas. Toma las que te sirvan y suelta las que no te hagan bien. Si quieres ver cómo se toma distancia de una historia sin pelearse con ella, lo explico en por qué nos enganchamos con los pensamientos.

Porque al final, no somos más que historias.

Con amor,
Katu.

El primer paso

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Katia Rosenbaum, psicóloga clínica
Katia Rosenbaum
Psicóloga General Sanitaria · colegiada Nº 33475 (COPC) · MSc en Neuropsicología (UCL) · Conóceme
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Katia Rosenbaum · Psicóloga clínica colegiada en España (Nº 33475) · MSc en Neuropsicología (UCL)
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